PUJOL D´AVALL-LE PERTHUS
En dirección al Moli de la Palette vuelvo a encontrar a Richard y Ken. Bromeando les indico que ya sólo quedan dos ingleses en el camino, que la montaña ha hecho su selección.
Todos nos dirigimos al mismo albergue, así que parece que tendré compañía durante los dos últimos días. Mientras estamos cenando llega una pareja de franceses, uno de ellos se ha lesionado un pie, la montaña ha vuelto a hacer de las suyas y me repito que esto no está todavía acabado, hay que mantener la concentración hasta el momento en el que llegue al mar; hasta entonces nada ha terminado. A pesar de estos pensamientos nuestra alegría es evidente, somos conscientes de que casi lo hemos conseguido y eso se hace notar. Cada uno está cerca de su sueño, sin importar demasiado que sean más o menos kilómetros, más o menos días, cada uno tenía su reto particular y cada uno a su manera, si todo va bien, está a dos o tres días de lograrlo. Brindamos por ello. ¡Por los sueños cumplidos!
En el albergue dibujan en nuestras cabezas una ruta alternativa para ir a El Perthus, la GR-10 se vuelve loca en su último recorrido, no parece querer llegar al mar y no para de dar vueltas y más vueltas. La variación de la ruta consiste en seguir el camino hasta la roca de Francia y pasar desde allí a España, acercándose a La Vajol y de nuevo a Francia por el camino de los Trabuqueros.
Nos sentimos aventureros y decidimos seguir los pasos de los bandoleros del siglo XVIII para evitar seguir las huellas de los coches del siglo XXI. Hace un buen tiempo y desde la collada de San Martín podemos divisar el monte Canigó. Un último adiós antes de darle la espalda para seguir hacia el mar. Saltamos a España por el coll del Pou de la Neu, las señales indican la dirección de Maçanet de Cabrenys, La Vajol...todo nombres de lugares por los que pasé con las botas casi sin estrenar, la ropa limpia y la barba de unos pocos días. Ahora vuelvo por estas tierras, sombra del hombre que las cruzó con las piernas cansadas y la mochila llena de recuerdos. Historias graciosas y tristes, de éxitos, de locuras y de fracasos, que nadie me contó, que fueron saltando dentro de la mochila una a una, a fuerza de seguir adelante, mirando hacia atrás sólo para asegurarme de que no había sido un sueño. La escena es parecida, el mismo calor por las mismas pistas de tierra; pero esta vez vengo acompañado, cada galo con su menhir, carga repartida que nos convierte en compañeros de viaje; destino común que nos ha de separar para siempre; unidos por un mismo brillo en la mirada.
Sin darnos cuenta llegamos a las Illas; allá queda Ken, Richard y yo continuamos camino, como él dice: “We feel the pull of the Mediterranean”; algo así como: “Tengo unas ganas de llegar que me muero”. Bueno la traducción no es literalmente esa, pero es que yo le veo la cara cuando lo dice.
Los últimos kilómetros antes de llegar al Perthus son interminables, el sol calienta como no lo ha hecho en todo el verano, el pueblo se ve desde la distancia pero la pista no tiene ninguna intención de dirigirse a él; una hora después de que un cartel nos dijera que estábamos a una hora del Perthus, encontramos otro que nos indica que estamos a una hora y cinco minutos. La desesperación comienza a apoderarse de nosotros, la carretera acecha el fuerte de la Bellegarde y comienza a descender poco a poco hasta la línea fronteriza. Por fin llegamos, un día más y lo habremos conseguido.

