REFUGIO DE PINETA-ORDESA-TORLA
A la llegada al refugio de Ronatiza me encuentro a Quique, sorprendido me pregunta si soy yo ese Jorge que está dando la vuelta al Pirineo, y al confirmar sus sospechas suelta una sonora carcajada. A Quique le conocí hace ya diez años, cuando abrieron el refugio, y sigue manteniendo esa particular visión de la vida que le hace apartarse de la corriente que empuja a casi todo ser humano a formar parte de la masa social. Siempre es interesante mantener una larga conversación con gente así; esté de acuerdo o no con lo que dicen, tengo la seguridad de que van a aportar un punto de vista diferente.
Entrada la tarde llega Jesús, mi primo, que se ha apuntado a hacer la etapa del día siguiente junto a mí. Cenamos y tras ponernos al día vamos pronto a la cama a sabiendas de que la que nos espera no es suave.
Amanece un día radiante, ni una sola nube cambia el tono azul del cielo. Miremos donde miremos el paisaje nos deja sin aliento; y con ese ánimo comenzamos la dura subida que trepa sin descanso hasta el collado de Añisclo. Jesús va delante, marcando el ritmo, y a cada poco, paro sin resuello, a veces disimulando una fotografía del espléndido paisaje que ofrece el valle, a veces pidiendo una tregua para beber y otras simplemente no digo nada y paro para llenar mis pulmones de aire.
El viento sopla con mucha fuerza conforme nos vamos acercando al collado y dudo de si no tendremos que echarnos unas piedras a la mochila para no acabar volando. Un paso, dos pasos, nunca llega, si parece que lo puedo tocar con la punta de mis botas; tres, cuatro pasos, los gigantes que custodian el collado crecen y mi esperanza, nuestra esperanza de llegar a coronarlo crece con ellos. Por fin en lo alto, después de casi tres horas de incesante esfuerzo, la vista a un lado del valle de Pineta, y al otro el majestuoso cañón de Añisclo nos hacen olvidar rápidamente la dureza de la ascensión y recompensan nuestros sentidos. Pienso y no se me ocurre ningún otro sitio del mundo donde quisiera estar en ese momento que no sea donde estamos.
Descendemos boquiabiertos hasta la Fuen Blanca; el contraste de colores azul del cielo, verde del cañón y blanco de la nieve nos hace pensar que quizás estemos dentro del cuaderno de dibujo de la mano que pinta los mejores paisajes del mundo. Remontamos el barranco Arrablo y la sensación no se nos quita de la cabeza hasta que en la collata del mismo nombre aparece majestuoso el popular cañón de Ordesa. Bajamos por la pista lentamente, saboreando cada zancada del final de un día que ha sido duro desde el principio, pero que formará parte de nosotros para siempre.
Te lo he dicho al despedirnos Jesús; muchas gracias por haber compartido este día conmigo, tu compañía ha hecho que mi mochila hoy fuera más ligera; y no lo digo porque fueras tú el que cargara con el peso de la comida.

