Blog Jorge Fernandez

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HUAYNA POTOSÍ 6088 msnm

Viaje: 
Sudamérica y Antártida 2006

Son las 11 de la noche y suena el despertador (?) ¡carajo! no he dormido nada desde ayer. En el campo alto, a 5200 mts no sobra el aire y cualquier movimiento es un gran esfuerzo. Fuera ha estado nevando toda la tarde, preparamos un café caliente y alistamos todo el equipo. Ya estoy cansado y aún no he comenzado a caminar.

SUBIDA AL VOLCÁN VILLARRICA

Viaje: 
Sudamérica y Antártida 2006

Bueno Familia, aquí viene una pequeña crónica de la subida al volcán Villarrica. No me voy a explayar mucho porque llevo un montón de rato frente al ordenador para colgar las fotos y no me he ido de España pa venirme a trabajar a Chile no te jode...

ARRIVEDERCI AMIGOS

Viaje: 
La Ruta de la Seda

Los últimos días antes de la partida fueron un frenesí de despedidas, de "cuídate muchos" y de algún "te quise" robado. A la llegada a la ciudad romántica por excelencia nuestros corazones estaban en "cierre por derribo" a causa de tanto abandono. Dos días hicieron falta para recoger los pedazos, levantar la cabeza y volver a ver brillar el sol en el horizonte. Un horizonte amplio, dudoso, esquivo y prometedor que se presenta ante nuestros espíritus contrarios al reposo.

DE VENECIA A PIRAN EN PRIMERA CLASE

Viaje: 
La Ruta de la Seda

Siempre algo queda atrás cuando uno dice adiós a una ciudad como Venecia, nuestros recuerdos quedarán allí flotando y cargaremos el olvido en la mochila, cuestión de peso.
Tomamos un tren hacia Trieste ajenos a las normas que rigen las vidas de los italianos. Ignorando que el peso de la ley se cernía sobre nuestras cabezas matábamos el rato a golpe de naipe mientras un revisor, fiel guardián celoso de sus leyes, afilaba la punta de su lapicero para rematar con una estocada manuscrita una multa de mil euros.

DOS NOCHES EN PRISIÓN

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La Ruta de la Seda

Seguimos mirando al Adriático mientras nos sumergimos en las estrechas calles de Piran. Un mar antiguamente punto de partida de mercaderes en busca de fortuna, de guerreros en busca de batalla y de almas en pena en busca de aventuras.
Piran nos obsequia con poco más que su hospitalidad y su calma; hartos ya de jugar con nuestras propias sombras decidimos presentarnos ante la capital de la pequeña república.

LA RIQUEZA SE MIDE EN MINUTOS

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La Ruta de la Seda

Un puñado de calles acurrucadas al abrigo del castillo salvan a Liubliana de ser una ciudad sin ningún atractivo. En esas calles se concentra la vida de la capital, y en sus terrazas se solean los eslovenos, que según hemos podido comprobrar, gustan de disfrutar de una buena cerveza o de un café en compañía.

LA IGLESIA FLOTANTE

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La Ruta de la Seda

Deliberadamente nos alejamos de toda posible ruta que pudiera haber seguido Marco Polo para crear nuestro propio camino. No pretendemos comerciar más que con alguna mirada furtiva al fondo de las gentes que el futuro nos imponga, así que ningún sentido tiene buscar el camino más recto, el atajo que nos acerque aceleradamente a un destino que nadie nos fijó.

OLOR A CASTAÑAS ASADAS

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La Ruta de la Seda

La capital de Croacia nos recibe con los brazos abiertos. Siempre nos gustó la sensación de llegar a una ciudad por primera vez, los sentidos alerta para captar primeras impresiones (y para que no nos roben la cartera), el reto de entrar en un laberinto del que no sabemos si seremos capaces de salir y un cosquilleo nervioso que recorre todo el cuerpo ante la idea de sentirse un extraño en tierra ajena.

PATRIMONIO DE NADIE

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La Ruta de la Seda

Atraídos por la llamada del Adriático nos dirigimos hacia sus costas atravesando gran parte del país. A la salida de Zagreb podemos comprobar las similitudes de la vida de los inquilinos de cualquier capital europea; todos ellos ponen a prueba los nervios intentando guardar el equilibrio entre no llegar tarde al trabajo y el mantenerse lejos del ataque al corazón. Aliviados por verse desviar la serpiente de hierro, dejamos atrás sus malos humos en busca de uno de los parques más emblemáticos de Croacia.

LAS HERIDAS DEL CEMENTO

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La Ruta de la Seda

Dejamos por fin el clima helador de Plitvice, el autobús asciende trabajosamente las montañas que ya empiezan a mostrar sus canas. Al otro lado de la cordillera se nos aparece un paisaje mediterráneo, pudiera ser cualquier pueblo de la Costa Brava a no ser por las heridas del cemento causadas por los restos de metralla que permanecen en las casas para recordarle al mundo que el sufrimiento sí que es patrimonio de la humanidad. La vida sigue, muchos reconstruyeron ya sus moradas a toda prisa, sin tiempo para vestir al ladrillo.